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El hobbit cumple 70 años

Magos, enanos y dragones invadieron Inglaterra en 1937. Tras ellos, oculto entre la tinta y el papel, latía un complejo universo que Tolkien venía fraguando desde su adolescencia. Siete décadas más tarde, una nueva edición de El hobbit, con las mejores ilustraciones, desata la fiebre.

Corregir exámenes es una de las tareas más soporíferas del mundo. En ella estaba el profesor John Ronald Reuel Tolkien un día de verano de 1928 cuando se encontró una hoja en blanco que había dejado un alumno. Decir que aquello cambió el curso de la historia puede ser algo exagerado. Que supuso un hito en la literatura del siglo XX y siguientes, quizá también. Que le alegró la vida a mucha gente, eso es indiscutible. En ese papel, sin saber muy bien por qué, el profesor de Oxford escribió: «En un agujero en el suelo vivía un hobbit». ¿Un qué? Tolkien fue el primero en preguntárselo. ¿Qué diablos era un hobbit? ¿Y por qué vivía en un agujero? Se inició entonces un lento efecto dominó que acabó con la publicación, en 1937, de El hobbit, «el mejor cuento para niños escrito en los últimos 50 años», según el poeta inglés W. H. Auden.

Tolkien era filólogo, profesor de lengua inglesa, especialista en literatura medieval y en varios idiomas que desde hace tiempo no sirven para adornar un currículum, como el anglosajón, el gótico, el teutón, el noruego antiguo o el finés medieval. También era un estudioso de la mitología de medio mundo. Y, sobre todo, un inventor de lenguas. Llevaba toda su vida haciéndolo, desde que creó el animálico, el novbosh y el naffarin cuando tenía ocho o nueve años. Una palabra, un sonido, una raíz despertaban en él numerosas asociaciones. Quizá la palabra `hobbit´ se le vino a la cabeza por haberla leído en The Denham Tracts, unas narraciones folclóricas del siglo XIX. O quizá es que hobbit le sonó parecido a `rabbit´, conejo en inglés, que se traduce a `holbytla´ en anglosajón, «el que vive en un agujero». ¿Y cómo eran esos hobbits? Pues amantes de la naturaleza, tranquilos, amigables y hedonistas, como el propio Tolkien y muchos de los granjeros que conoció durante su infancia en Sharehole, un pequeño pueblo de esa campiña inglesa que se convirtió en La Comarca, el hogar de los hobbits, donde se alzaba la casa del más famoso de ellos, Bilbo Bolsón, dueño de Bolsón Cerrado (Bag End, en inglés), casualmente el nombre que daban los aldeanos a la granja de su tía Jane. En fin, un mundo imaginario trufado de detalles reales y ecos de sus lecturas. O viceversa, como su propia vida.

Cada Navidad, al buzón de su casa llegaban unas cartas adornadas con el sello del Correo Polar en las que Papá Noel contaba a los niños cómo era su vida en el lejano norte, sus problemas con su ayudante el oso blanco, sus aventuras recorriendo el mundo… Los sobres estaban decorados con esmero, las cartas incluían dibujos sencillos y su caligrafía era grande y temblorosa, como se supone que debe de ser la letra de un anciano que escribe rodeado de nieve. El autor de las cartas era, claro, el propio Tolkien. Con ellas creaba un hechizo que mantenía viva la ilusión de sus hijos. Esa misma magia funcionó después con los millones de personas que leyeron sus libros. «La fantasía es una actividad natural en el hombre, que no destruye ni agrede a la razón y a la verdad». Palabra de Tolkien.

Su hogar estaba habitado por personajes fantásticos, protagonistas de los cuentos que J. R. R. contaba a sus cuatro retoños para entretenerlos y que los niños retomaban, agrandaban y devolvían a su padre. Todo iba a parar a un enorme caldero de ideas, palabras y personajes. De él surgieron el cuento Roverandom, cuando el pequeño Michael perdió su perro; el entrañable Tom Bombadil, que era un muñeco de madera de su hija Priscilla, y El hobbit, un compendio de muchas de esas narraciones, deformadas y ensambladas para formar un libro; en suma, para hacerlas publicables.

Y ésa es otra parte importante del Tolkien escritor… si es que se le puede llamar así. Porque no era un escritor al uso, y mucho menos en aquellos primeros años. No se sentaba delante de su máquina de escribir con una idea determinada y con el éxito editorial como objetivo. Era, sencillamente, un aplicado profesor con una forma muy peculiar de llenar su tiempo libre: inventaba palabras, creaba lenguas enteras a partir de ellas y después imaginaba a los pueblos que las hablaban, dotándolos de historia, de carácter, de una mitología propia. Ese trasfondo se filtra en El hobbit, y deja entrever que tras las correrías de Bilbo hay un territorio complejo y adulto. Es el mundo de la Tierra Media, creado por Ilúvatar, habitado por elfos inmortales y hombres mortales en guerra constante contra el mal encarnado en Melkor, el ángel caído, con reinos que florecen y desaparecen, con héroes cuyas hazañas se cantan miles de años después… y que Tolkien leía y compartía con colegas.

Esas lecturas y tertulias marcaron la diferencia. En ellas se hablaba de literatura, se recitaban poemas y se compartían ideas. Fueron sus colegas de tertulia en Oxford quienes lo animaron a intentar publicar El hobbit, a darle ese toque paternalista de los cuentos infantiles que le abriría las puertas del éxito. Pero Tolkien no estaba convencido. Le aterrorizaba que su obra se viera como un cuento infantil. Al final cedió y, tras varios intentos, la editorial George Allen & Unwin se atrevió a publicarlo. El hobbit se vendió tan bien que Stanley Unwin le pidió una secuela. J. R. R. tiró de archivo y le envió algunos de los relatos que llevaban años dando vueltas por su escritorio, fragmentos del mundo mitológico de la Tierra Media. A Unwin no le gustaron. Eran demasiado oscuros, muy poco `hobbit´. Quería una continuación. Así que Tolkien tuvo que bucear en ese material hasta hallar una nueva idea. Y ya sabemos cuál fue: destruir el anillo con el que Bilbo se había topado y salvar a la Tierra Media de la amenaza de Sauron. Lo que no imaginaba Tolkien es cuánto se complicaría su historia, cuántos cientos de páginas irían pidiendo pasos, cuántos personajes y pueblos saldrían de su caldero y acabarían, 12 años después, formando parte de su trilogía mágica.

El éxito de El hobbit fue inesperado, pero el de El señor de los anillos superó cualquier expectativa. El libro fue dividido en tres partes. La inicial empezó a venderse muy bien en 1954. Luego vino la segunda. Y el público exigió a gritos la tercera. Las reediciones eran constantes. Y Tolkien, que siempre había vivido con apuros, se hizo rico. Se jubiló y se fue a vivir a una casa grande y con calefacción, pero siguió disfrutando de esos placeres sencillos que tanto le agradaban.

El señor de los anillos ha sido elegido varias veces como el libro más importante del siglo XX. Y 70 años después de su publicación, El hobbit aún es uno de los más vendidos. Y todo empezó porque había una vez un hobbit que vivía en un agujero… y decidió salir a ver mundo.

Fuente: XLSemanal
URL: http://www.xlsemanal.com/web/articulo.php?id=13438&id_edicion=1807

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